sábado, julio 24, 2021
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Las mascarillas, ¿frenan o no los contagios?

Aunque -a simple vista- ustedes no reconozcan a amigos y relacionados por las mascarillas que cubren los rostros para bloquear el coronavirus o Sars-CoV-2, ellas les tapan las narices -deformes y ridículas- y hacen relumbrar los ojos. Y, no obstante provocarles piquiña o rasquiña, descamación de la piel y otras incomodidades, ¿creen que su colocación ciertamente ahuyenta los patógenos respiratorios y salva vidas?

En el hartazgo pandémico de las cuarentenas, y por los continuos rebrotes universales, en relación con el acomodamiento de los tapabocas, ¿tendremos que cantar “ Y volver, volver”, de la autoría del compositor mexicano Fernando Z. Maldonado, para bajar la carga vírica, las hospitalizaciones y defunciones?

Como no existe una medicina efectiva ni una vacuna bien probada contra el coronavirus, la alternativa para aplanar las denominadas curvas han sido las cubiertas faciales robustas, aseadas y ajustadas; el confinamiento hogareño, el distanciamiento físico-social (situarse a -por lo menos- 2 metros o 6 pies de distancia entre las personas), el lavado de manos con agua y jabón durante 20 segundos, y limpiarse con desinfectantes que contengan un mínimo de un 60% de alcohol.

Para espantar las nubes de gotas que salgan de la boca cuando se estornude, tose, coma o respire, los ministerios de Salud Pública de los gobiernos más disímiles han declarado obligatorio la puesta de velos en espacios públicos donde se congreguen personas, como el transporte (carros, autobuses, trenes, teleféricos, aviones y barcos), establecimientos comerciales, centros laborales e instalaciones deportivas y creativas.

Las mascarillas de alta costura y rudimentarias de confección casera abundan en los más dispares materiales (textil o tela, algodón, panel de plástico transparente, polipropileno, poliéster, etc.), diseños iconográficos (cuadros, florales y estampados), modelos y colores, que son tendidas en la nariz, la boca y el mentón –no se ajustan apropiadamente en los barbudos que no quieren afeitarse- para la autoprotección preventiva de esta pesteplagacalamidadpandemia.

En el bamboleo de esta embestida cuasi cataclistica, ha carcajeado la creatividad recreativa y chistosa: caricaturas, payasos, dibujos animados, caras sonrientes y de la monalisa, banderas, samuráis, muñecas, tazas de café, labios largos, logos institucionales, bigotes intrigantes y jocosos, besos desde lejos, la superabuela y memes de personalidades.

También las imágenes terroríficas realzan en los antifaces protectores del Covid-19, como calaveras, calabazas, símbolos de Halloween (noche de brujas o muertos) y del dragón, bocas especiales (anchas y estrechas) y de ortodoncia, fisonomías de gato, perro y cerdo; dientes de dinosaurios, grandes y de monstruos, lenguas largas hacia afuera, el idiota, el doctor peste, la boca de depredador y fantasmas.

Además de enseñar a convivir con la pandemia, y relajarse en los cobertizos de su cacería y estragos, las citadas iconografías han sido utilizadas para la creación de conciencia en torno al virus, promover valores y publicitar bienes y servicios comerciales. ¡Qué aprovechamiento más sensato!

Las protectoras faciales, espejuelos y anteojos son de variados tipos y adquiridas en función de la capacidad monetaria de los ciudadanos: rústicas caseras o higiénicas desechables y reutilizables, quirúrgicas y autofiltrantes FFP2 y FFP3, con sus variantes, para el personal sanitario. La Organización Mundial de la Salud (OMS) las recomienda con tres capas: interna, intermedia y exterior.

Resueltamente, virólogos, infectólogos y epidemiólogos concluyen que, al margen de que no son efectivas en un 100%, las mascarillas menguan -en alta o mediana longitudes- la diseminación de microorganismos, y queda demostrado en los países donde han sido dictadas disposiciones obligatorias para su uso, así como en investigaciones realizadas por instituciones sanitarias y centros académicos.

Entre los estudios basados en modelos matemáticos, observacionales y experimentales de mayor credibilidad, están los de la OMS, el Centro para el Control y la Prevención de las Enfermedades de Estados Unidos, las universidades de Cambridge, de Greenwich y de Bristol del Reino Unido; las universidades estadounidenses de Johns Hopkins y A&M de Texas, la Florida Atlantic University (FAU) y el Hospital Infantil de Boston, publicados por The Lancet Digital Health, Proceedings of the Royal Society y otras revistas.

Los expertos han advertido que los abrigos del semblante deben garantizar un 90% de filtrado para combatir las nuevas variantes de la Covid-19, y que son de limitada efectividad las de tela hechas en la casa, las húmedas y manchadas/inmundas, que protagonizan una cantera de bacterias.

En el peor de los casos, conforme las exploraciones, las caseras hechas de tela pueden reducir en un 50% el riesgo de adquirir partículas infecciosas y que, aún así, la cifra no es despreciable.

Una averiguación científica del Hospital Infantil de Boston, con 300 mil norteamericanos (19 de enero de 2021), indica que un aumento de un 10% en la colocación del citado antifaz multiplica por tres las posibilidades de “mantener el ratio de reproducción instantáneo (Rt) del virus por debajo de 1, una métrica que refleja que la expansión de la enfermedad se está ralentizando”. Ratio: tamaño cuantificado entre dos dimensiones, que es igual a un número o ritmo reproductivo básico.

Un rastreo de la Universidad McMaster de Canadá -que consistió en la revisión hasta el 3 de mayo de 2020 de 172 estudios observacionales efectuados en 16 países- halló que la desventura de contraer la epidémica era de un 17%, y que con el enmascarado de los utensilios en el rostro se reducía a un 7%.

Homónimamente, otro sondeo divulgado por Carver de University of Iowa (Estados Unidos) determinó que los protectores faciales, específicamente, descendieron la exposición viral directa en un 96%, en una simulación con un trabajador sanitario ubicado a menos de 18 pulgadas de otra persona que carraspeaba.

Son reveladoras dos investigaciones publicadas por la revista New England Journal of Medicine, provenientes de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard. La primera del 14 de septiembre de 2020 concluyó que el alineamiento de mascarillas estaría creando, indirectamente, inmunidad a la enfermedad y propiciando la presencia de síntomas más leves por “partículas víricas”. Y la segunda de marzo de 2021, puntualiza que, además de la variolización o inmunidad, que una doble -quirúrgica y de tela encima- aniquila con eficacia partículas superiores a un 91%.

En abreviación, tanto los experimentos prácticos como los estudios científicos han comprobado que los protectores faciales y oculares detienen los contagios y hacen más lenta la transmisión del germen. Y los expertos observan que su efectividad preventiva está sujeta a su calidad y a la ajustada adecuación, especialmente en espacios cerrados.

Y, por esa templada argumentación, médicos de la Universidad de Cambridge (Estados Unidos) insisten en que “mi máscara te protege, tu máscara me protege”.

La frase precedente significa que, para aplanar futuras curvas y reabrir la economía, tenemos que ponernos los tapabocas, no importan la picazón, las erupciones y sequedad de la piel; el ojo seco, los labios cuarteados, los restregones detrás de las orejas, las molestias en la respiración, el mal aliento, el empeñamiento de las lentes, la falsa sensación de inseguridad y la ansiedad. Esos efectos secundarios no matan, la Covid sí.

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