Nació de la idea de que el cine no puede sostenerse solo con talento artístico y cree
necesita estructura empresarial con sus objetivos y protocolos establecidos y claros. Su
apuesta es unir lo estético con el criterio industrial y ha mostrado el camino hacia las
plataformas de steaming
José Rafael Sosa
SANTO DOMINGO. Resulta especialmente interesante profundizar en la práctica
artístico-industrial de la productora audiovisual Bougroup, una empresa que, en diez
años, ha desarrollado con éxito 19 proyectos, nueve de ellos en alianza con Disney.
José Ramón Alamá, productor y cineasta, resalta que el concepto parte de una premisa:
hacer arte audiovisual con novedad, proyectar identidad, entretener con un sentido
integral y no limitarse a responder únicamente a los gustos de jurados de festivales y
premios internacionales.
“Bougroup nace de la idea de que el cine no puede sostenerse solo con talento; también
necesita una estructura empresarial racionalmente concebida. Nuestra apuesta siempre
fue unir arte y empresa, porque la una sin la otra limita el crecimiento de la industria”,
afirma José Ramón Alamá.
Detalla, además, que esta industria, como cualquier otra —e incluso como la propia vida
o una relación humana—, necesita consistencia. “Eso no se construye con momentos
aislados; se construye con continuidad, con disciplina. Incluso en lo creativo, lo que
realmente sostiene es la repetición bien hecha en el tiempo”, señala.
Bougroup, en alianza con talentos locales de la dirección como Héctor Manuel Valdez,
ha contribuido a consolidar un sello reconocible dentro de la producción audiovisual
contemporánea.
El derecho a tener una concepción determinada de su quehacer no es exclusivo de una
productora concreta ni de su equipo creativo. Ese derecho lo tienen y lo ejercen todas las
otras, que también han marcado líneas exitosas.
Filmografía

Hasta el presente, Bougroup ha producido: Todos los hombres son iguales (2016); Todas
las mujeres son iguales (2017) —remakes de comedias latinoamericanas a las que se les
imprimió un sello particular—; Melocotones (2017), singular comedia de ciencia ficción
dirigida por Héctor Manuel Valdez; Colao (2017), que otorgó a la comedia local
—como han conseguido otras obras de las nuevas etapas del género— un sentido renovado, fresco y caribeño, en la cual destacan con fuerza sus criterios de producción;
y Trabajo sucio (2018), dirigida por David Pagán.
Además, Insular (2024), drama sobre la soledad y la esperanza de llegar; Qué León
(2018), otra comedia que acentuó el impacto masivo con la pareja de Raymond Pozo y
Miguel Céspedes; Malpaso (2019), drama migratorio en blanco y negro, de notable
vocación autoral; Los Leones (2019), que reafirmó a Frank Perozo como director y
afianzó la dupla de Raymond Pozo y Miguel Céspedes; La Maravilla (2019), otra
comedia con patrones propios; Diáspora (2022), entre otros títulos que revelan una
voluntad de diversificación formal, temática y de públicos.
La alianza con Disney
Es en este trayecto donde comienza una nueva etapa: la alianza con la plataforma de
streaming de Disney —junto a su afilada marca Star+—, lo que permitió no solo una
difusión internacional adicional, sino también una expansión en alcance, prestigio y
resonancia crítica, más allá de los resultados en taquilla.

De esa fase forman parte: Malos padres (2023), El año del tigre (2023), Las pequeñas
cosas (2024), Cazatesoros (2024), Bienvenidos al paraíso (2024), Los rechazados
(2025), Cuentos —documentales ambientales y agrícolas— (2026) y Animales (2026).
Está lista para estrenarse en salas de cine Los rechazados 2 (2026), que irá a Disney+
luego de su exhibición en cines.
Añade Alamá que lo logrado con Disney es el resultado de años construyendo una
relación —téngase en cuenta que solo concretar el contrato tomó dos años—, pero,
sobre todo, de una consistencia rigurosa en la ejecución.

“Al final, plataformas como Disney no están buscando ideas ni películas sueltas: están
buscando compañías que puedan entregar, de forma confiable, éxitos con un estándar de
calidad internacional”, apunta.
Bougroup, en ese sentido, se presenta como una empresa productiva, capaz de alcanzar
acuerdos con Disney y de sostener una presencia continua en el mercado, generando
cada año cientos de miles de espectadores en la taquilla, al tiempo que fortalece un
catálogo de obras de distintas escalas, registros y aspiraciones.
Alamá cita lo acontecido con la comedia romántica Las pequeñas cosas, una película
íntima, de presupuesto modesto, que fue elegida por Disney como “lo mejor de 2024”,
por encima de producciones de otros países cuyos presupuestos multiplicaban por veinte
el suyo. Ese dato no solo habla de eficiencia; habla, sobre todo, de sensibilidad, visión y
autenticidad.
Da la impresión —agregamos nosotros— de que en el ejemplo de Bougroup hay un
esfuerzo deliberado por trazar proyectos que desafíen la mirada externa que, con
excesiva frecuencia, simplifica quiénes somos como pueblo.
En lugar de reproducir de manera complaciente una imagen reducida de la identidad
nacional, su obra parece insistir en una representación más plural, más viva y honesta de
la experiencia dominicana.
Es evidente que existe una tendencia temática que suele ser mejor recibida por ciertos
festivales: relatos asociados a la porno miseria, la pobreza o las versiones más
desgarradoras de la marginalidad.
Pero vale preguntarse, con seriedad y sin complacencias: ¿puede construirse nuestro
cine únicamente desde esa perspectiva? Alamá sostiene que no.
Afirma que el cine dominicano tiene que aspirar a algo más amplio, más complejo y
representativo; considera y argumenta que la industria local tiene derecho a explorar el
humor, la intimidad, el deseo, la contradicción, la belleza, la fragilidad, el conflicto
social y también la dignidad de lo cotidiano, sin necesidad de someterse a una sola
forma de legitimación externa.
Al cabo de la entrevista lo que queda claro es que Bougroup ha ido levantando, paso a
paso, una mirada propia: una forma de entender el cine no como ocurrencia pasajera,
sino como proyecto; no como gesto aislado, sino como continuidad; no como simple
producto de consumo, sino como espacio donde convergen identidad, oficio, industria y
ambición cultural.




