miércoles, enero 27, 2021
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Historia, remesas y turismo contra el peso (y 3)/Por Juan Llado

No se requiere conocer esos detalles para derivar del resumen del fascinante opúsculo de Moya Pons la conclusión de que la capacidad de emitir moneda ha hecho mas daño que bien al país, principalmente por la indisciplina –y en ocasiones la codicia—de la clase política.

 Según Moya Pons, Trujillo se propuso liberar al país del yugo financiero que significaban los términos de la Convención de 1924. En las negociaciones correspondientes su actitud hacia los norteamericanos fue tajante, como lo revela un cable del 1937 a sus diplomáticos: “Convención debe ser modificada sustancialmente sin nuevas trabas. Preferible nada a aceptar modificación pueril aclaratoria a cambio despojo Gobierno legítimos ingresos.” Esta posición enfureció a los tenedores de bonos y a las autoridades norteamericanas, pero aun así las negociaciones continuaron.

“Los dominicanos querían ejercer el derecho a nombrar sus propios funcionarios para los impuestos aduaneros, tener derecho a obtener préstamos de corto plazo en el extranjero sin tener que esperar la aprobación del gobierno de los Estados Unidos, y ejercer el derecho de modificar los aranceles sin consultar a los Estados Unidos.” Mientras, se redactaron varias modificaciones y un proyecto de ley monetaria para regular el “Banco Nacional de la Republica Dominicana”. Durante el 1938 inclusive se elaboraron contratos para la compra de las sucursales locales del National City Bank de New York.

Debido a diferentes “complicaciones técnicas, políticas y constitucionales” no se llegó a ningún acuerdo en 1938 a pesar de que el Secretario de Estado Cordell Hull favorecía la terminación de la Convención. Los aprestos para crear un banco emisor continuaron con planes para comprar el banco local newyorkino cuyo Consejo de Directores seria nombrado por los tenedores de bonos y “dominicanos de los sectores económicos del país.” Una cláusula del convenio del 1908, sin embargo, le prohibía al país la emisión de billetes. Y la Reserva Federal de EEUU recomendó que no se creara un banco central sino uno comercial que eventualmente se convertiría en emisor.

Trujillo no quería entregar la dirección de ese banco a una Junta de Directores donde predominaran los norteamericanos. Favorecido por Roosevelt y Hull viajó a Washington en 1939 a presentar sus argumentos de soberanía, alegando que su fiel cumplimiento de los pagos durante los últimos 8 años demostraba que, para suprimir el control externo de las aduanas, el gobierno podía asumir los compromisos de pago que establecía la Convención vigente. Propuso que el gobierno entregaría todos los ingresos de las aduanas a la sucursal del National City Bank en Santo Domingo, comprometiéndose a “no disponer de los fondos que ingresen al Banco hasta tanto no se haya segregado y pagado totalmente la suma correspondiente a la amortización e intereses de la deuda externa.”

Esto eventualmente llevó a la eliminación de la Receptoría General de Aduanas y el traspaso de la administración a manos dominicanas, firmándose en Washington una nueva convención que se conoce como el Tratado Trujillo-Hull. A partir de 1941el país disfrutó de cierta autonomía financiera y Trujillo se dispuso a comprar al National City Bank. El banco resultante seria comercial y se llamaría Banco de Reservas de la República Dominicana, el cual recibiría todos los fondos del gobierno, “principalmente los ingresos para la amortización de la deuda externa.” Los acuerdos para el traspaso de los activos del National al Reservas establecían que tres de los miembros de su consejo de dirección serian norteamericanos y tres dominicanos. Trujillo se sintió satisfecho con el arreglo porque podía además nombrar el gobernador y al administrador.

Pero el Reservas nunca llegaría a ser un Banco Central, a pesar del conservador y prudente manejo financiero del gobierno. Lo que creó las condiciones para su concepción y posterior materialización fue la Segunda Guerra Mundial, en vista de que ese evento propició una muy favorable balanza comercial al disminuirse las importaciones y aumentarse las exportaciones significativamente. Con un aumento nunca visto de las reservas internacionales las autoridades dominicanas vieron la conveniencia de liquidar la deuda externa para recobrar la soberanía financiera.

“El 2 de junio de 1945 el gobierno dominicano presentó una solicitud formal al gobierno de los Estados Unidos para que le facilitara un ‘experto en asuntos financieros y monetarios’ que le ayudara a preparar un plan para establecer ‘una moneda nacional, un banco agrícola e hipotecario, incluyendo la adopción de una ley general monetaria’, y para establecer un ‘Instituto Emisor de la Moneda Nacional’”. Para asegurar la libre convertibilidad del peso oro dominicano, “la institución emisora debería mantener reservas en oro o dólares de los Estados Unidos equivalentes a un 50 por ciento de la emisión monetaria.” El dólar fue gradualmente sustituido por el peso.

En cuanto a la “repatriación de la deuda externa”, el gobierno quiso liquidarla con un préstamo y amortizaciones aceleradas (dada su holgura financiera). Pero al no poder lograr el préstamo se acudió a la emisión de bonos del Banco de Reservas para lograr así convertir la deuda externa en interna después de la creación del Banco Central y la emisión de la moneda nacional. Trujillo presentó el plan al Congreso Nacional: “El primero y mas importante de los beneficios que realizaría el país al adoptar una moneda propia seria la utilización máxima de sus actuales recursos económicos, así como de los que puedan obtenerse en el futuro.” Moya Pons reproduce la larga perorata de Trujillo, la cual fue aceptada por el Congreso y se convirtió en reforma constitucional en enero de 1947.

Para la redención de los bonos del Reservas, el gobierno especializó “los fondos provenientes de los impuestos aduaneros, así como otros impuestos al consumo de arroz, y a las exportaciones de azúcar, cacao, tabaco y melaza, los cuales se calculaban que dejarían al fisco mas de 10 millones de dólares en 1948.” “Técnicamente, sin embargo, el protectorado norteamericano no quedó extinguido sino 4 anos mas tarde, el 4 de agosto de 1951, pues el gobierno de los Estados Unidos argumentó que la República Dominicana todavía tenía obligaciones de pagos correspondientes a la vieja deuda flotante que quedaban comprendidas en los términos de la Convención de 1940.” Al saldarse esa cuenta, “Trujillo gozaba entonces de gran confianza pública pues acababa de pagar la deuda externa y hacia publicar todos los días que había logrado la independencia financiera del país.”

El opúsculo de Moya Pons cierra con el comienzo de las operaciones del Banco Central. Aunque reseña las advertencias de Raul Prebisch sobre “los riesgos que conllevaba la emisión desmedida de dinero, no analiza los desvaríos de la emisión monetaria desde entonces. Lecturas complementarias sugieren, sin embargo, que el Banco Central se manejó conservadoramente durante el resto de la dictadura trujillista. Ha sido desde entonces cuando los desequilibrios de la balanza comercial y la situación cambiaria han colado el manejo político para favorecer a los gobernantes de turno.

No se requiere conocer esos detalles para derivar del resumen del fascinante opúsculo de Moya Pons la conclusión de que la capacidad de emitir moneda ha hecho mas daño que bien al país, principalmente por la indisciplina –y en ocasiones la codicia—de la clase política. (En la época postrujillista comparten la culpa las autoridades monetarias que han actuado de manera complaciente con los gobernantes de turno.) El resultado ha sido una oscura contribución a la indisciplina de la clase política y a sus prácticas demagógicas y clientelistas. Ese peligro sigue existiendo y, por tanto, es conveniente plantearnos si procede evitarlo con el cierre del Banco Central, la eliminación del peso y la adopción del dólar y/o el euro como monedas de curso legal.

Las evidencias que aconsejan tal cosa han sido señaladas por quien escribe en artículos anteriores. No es solo el ahorro que lograríamos con la desaparición de la empleomanía del Banco Central, estimada en 2,500 empleados. Tampoco es la facilitación de las transacciones internacionales, el grueso de las cuales se concentra en las exportaciones, las remesas y el turismo. Las más trascendentes serian 1) la homologación de las tasas de interés prevalecientes en Norteamérica y Europa, 2) la limitación de la inflación a los niveles internacionales, y 3) la disciplina financiera de la clase política. Tales contribuciones al desarrollo nacional superan por mucho las conveniencias de la moneda propia, por lo cual se debe abandonar la creencia de que la soberanía requiere tener moneda propia.

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