Para atacar la credibilidad de una periodista, ve tras su cuerpo

NUEVA YORK– La periodista brasileña Patrícia Campos Mello cimentó su carrera con coberturas desde zonas en conflicto por todo el  mundo, pero últimamente, las mayores amenazas para su seguridad provienen de un lugar cercano.

En las últimas semanas, Campos Mello se ha enfrentado a una violenta embestida de groseras amenazas y ataques personales, luego de que un testigo en una audiencia en el legislativo Congreso brasileño sugirió que ella había ofrecido intercambiar favores sexuales por información.

Las acusaciones infundadas se difundieron por WhatsApp y Twitter, alimentadas por troles y políticos que compartían memes llamándola «prostituta», y saltaron hasta la palestra pública cuando el presidente Jair Bolsonaro repitió esas afirmaciones en una entrevista el 18 de febrero.

Natalie Southwick

«Es un intento de desacreditar el trabajo de las mujeres periodistas», dice la periodista política Juliana Dal Piva, quien también ha sido hostigada por informar sobre el presidente brasileño y su familia. «Cuando los artículos critican a Bolsonaro, este es el ataque. Implican que las periodistas están dispuestas a intercambiar sexo por información», afirma.

Desde las oportunidades negadas hasta el acoso en el lugar de trabajo, los ataques de los ejércitos de troles, la violencia sexual e incluso el feminicidio,  describen el trabajo para las periodistas en América Latina y algunos de sus horribles inconvenientes.

La mayoría de los gobiernos y los lugares de trabajo aún carecen de los mecanismos adecuados para responder a estas amenazas, lo que deja a las mujeres reporteras con sus propias tácticas de supervivencia.

Para la mayoría de los periodistas masculinos, el peligro está en el terreno, pero para las mujeres, la oficina también puede representar una amenaza.

En 2017, la periodista de televisión boliviana Yadira Peláez fue despedida de una estación de televisión estatal después de denunciar a su jefe por acoso sexual. Después la televisora la demandó por «daño económico».

Una encuesta de 2017 entre casi 400 mujeres periodistas en 50 países descubrió que 38 por ciento de los incidentes de violencia de género contra mujeres periodistas provenían de un jefe o supervisor.

Los escabrosos ataques  contra mujeres como Campos Mello juegan con un viejo prejuicio sexista: la glamorosa periodista que, en el proceso de obtener e informar sobre una gran primicia, se enamora, o al menos se acuesta, con su fuente.

La realidad está más cerca de lo contrario. En una encuesta de 2017 a casi 500 mujeres periodistas en Brasil: 10 por ciento dijo que habían recibido ofertas de información o materiales exclusivos a cambio de sexo.

Aunque es más probable que las fuentes intenten negociar una cita a cambio de una entrevista, las periodistas son las que enfrentan consecuencias profesionales por cualquier rumor de irregularidad.

Renata Neder

Ellas son aquellas cuyos perfiles en redes sociales son rastreados, su  información privada es compartida, sus fotos personales son descargadas y convertidas en memes, y las que en sus correos electrónicos reciben una avalancha de amenazas violentas (de acoso, violación, asesinato, fotos de cuerpos desmembrados), mientras deben seguir realizando su trabajo.

Para atacar la credibilidad de un periodista, persiga su trabajo u objetividad. Para atacar la credibilidad de una periodista, ve tras su cuerpo.

Para las mujeres en el ojo público, su apariencia física, relaciones personales, historias profesionales y familias se convierten en un juego justo. Dal Piva dice que su mayor temor es que las campañas en su contra puedan exponer a sus familiares a un acoso similar.

Los ataques son aún más duros cuando ellas son de color o queer, como sucedió a dos brasileñas:  la presentadora de televisión Maria Júlia Coutinho  y la periodista deportiva Fernanda Gentil, quien habló abiertamente sobre la homofobia que enfrentó en 2016 cuando su relación con otra mujer se hizo pública.

Si bien las amenazas contra las periodistas son una verdad universal, tienen implicaciones ateorizantes en América Latina, una región con algunas de las tasas de mortalidad por violencia más altas del mundo para las mujeres.

Desde 1992, 96 mujeres periodistas han sido asesinadas en relación con su trabajo en el mundo. Once de ellas estaban en América Latina, y de ellas nueve en Mexico o Colombia.

Sin embargo, a pesar de las barreras institucionales, las amenazas y las campañas de desprestigio sexista, las periodistas de América Latina continúan elevando el estándar profesional, liderando las salas de redacción, desarrollando proyectos innovadores y ampliando lo que el periodismo puede, y debe, hacer.

Y además ellas están luchando. A medida que el movimiento #MeToo (yo también) se ha extendido por las oficinas y las salas de redacción, sus efectos aparecen en los esfuerzos coordinados entre las mujeres periodistas para apoyarse y protegerse mutuamente.

Después de los comentarios de Bolsonaro sobre Campos Mello, casi 850 mujeres periodistas publicaron una carta abierta en protesta por los «ataques sórdidos y falsos».

En 2018, después de una serie de agresiones ante las cámaras contra reporteras  de fútbol femenino, un grupo de periodistas brasileños lanzó la campaña #DeixaElaTrabalhar (#DéjalaTrabajar), presionando a las autoridades para que tomaran medidas contra el acoso sexual dentro y fuera de los estadios.

Un año antes, un grupo en México lanzó la oenegé Versus, para combatir el «abuso, la violencia y la discriminación» contra las mujeres periodistas. La periodista colombiana Jineth Bedoya, sobreviviente de violencia sexual, ha sido durante décadas una defensora abierta de la seguridad de las mujeres periodistas y la justicia para las sobrevivientes.

El Comité para la Protección de Periodistas (CPJ) y otras organizaciones, incluidas la Federación Internacional de Periodistas y la Asociación Internacional de Mujeres en Radio y TV, tienen recursos sobre cómo proteger las cuentas de los piratas informáticos o los intoxicadores, responder al acoso en línea y prevenir la violencia sexual.

Si bien los pasos y consejos preventivos son útiles, no abordan la fuente del problema: un contexto profesional y social que devalúa el trabajo y la presencia de las mujeres, y a menudo las presiona para que simplemente se callen, algo fuera de lugar para periodistas exitosas.

Combatir esas normas será una batalla a largo plazo, pero las mujeres periodistas de América Latina están listas. Fuente: IPS agencia de noticias 

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