Fragancias de las divinidades por. Juan Llado

El tiempo navideño y de fin de año abre las puertas a ensueños variopintos. Entonces se soslaya la reflexión que piden los curas y los pastores y cada vez se torna más difícil revestir la temporada de religiosidad. Se desatan en cambio vahídos y estertores de un bacanal propio de los tiempos modernos. Abundan fragancias de otras divinidades: lo romántico, lo poético, lo sibarítico y lo bohemio. Aderezado por un tufillo etílico, el rapto de la temporada es un sortilegio pueril que, sin dar tregua a pasiones y desenfrenos, nos convoca a festejar la vida con espíritu dionisíaco.

No sería pues improcedente abordar el asueto de la temporada desde las perspectivas terrenales. Tres categorías de los comunes ingredientes de la época comportan validez: 1) la música, 2) las comidas y bebidas, 3) las amistades y familiares. Pero por falta de espacio en esta entrega solo puede tocarse la primera. Provenga de donde provenga y apele por su estirpe a quien apele, la música es el néctar predilecto de los dioses, un escape cotidiano que concita regocijo. Y como “Vocería de los dioses”, no debe sorprender si en esta entrega identificamos aquellas piezas de la música popular que podrían ser de su agrado. Después de todo, el habitáculo preferido de las musas siempre será el parnaso de las masas.

Prescindiremos de la música clásica sin que el motivo sea su elitismo. (Jose Antonio Molina puede ocuparse de ella cuando vuelva a dirigir la Orquesta Sinfónica de Qatar, tal vez introduciendo entonces la bachata.)  Preferir la música popular es una manera de transfundir el destino del pueblo con los dioses, lo que justifica usar hipérboles laudatorias al identificar sus creadores e intérpretes. Platón decía “que la música tiene el poder de provocar emociones y de calmarlas (como una canción de cuna), e incluso de formar el carácter de un individuo. Ciertos tipos de música hacen surgir en el hombre la cobardía o el valor. Lo convierten en un semidiós o en una bestia, en un gigante o en un enano, en una deidad o en un renacuajo.” La categoría “platónica” de quien esto escribe quedara clara después de ponderar sus muy subjetivas y pedestres apreciaciones musicales.

De rigor es enfocarnos en el merengue, el son, la bachata y el bolero que adornaron los años mozos. A sabiendas de que el dictamen obedece a un juicio inter temporal, la historia reservará a Johnny Ventura, el moreno que bota miel por los poros, como el derrochador más puro de la gracia del merengue. Su merengue “Amoríos” es la expresión más sublime de ese género musical, pero otros prefieren elevar a “Patacón Pisao” (o talvez a “Lo que me gusta”) a ese encumbrado sitial.

El afroantillano Cuco Valoy, un genuino afrodisiaco del son, debe también figurar en la cumbre de la gloria nacional. Su joya “que nunca pasa de moda” es Juliana, pero talvez no haya una mejor oportunidad para el baile vernáculo que su “Mendigo de amor” o “Corazón de acero”. Luis Diaz, por su parte, nos ha legado un racimo de otras ostias musicales, pero el melodioso “Guardia del arsenal” se quedará para siempre en la memoria, junto al pegajoso “Baile la calle”, para celebrar alegremente la dominicanidad.

En el ámbito del amoroso bolero, el “caballero de la niebla y el rocío” que sobresale como estelar interprete y compositor es Anthony Rios. Su legado de una enorme prole biológica no se compara en genialidad artística con el clásico “Si usted supiera señora”. Pero para quienes apreciamos la finura de su estro es “Imaginación” su creación cumbre. Y si de fino estro se trata no puede faltar Juan Lockward y sus joyas discográficas: “Cuando yo te olvide”,  su magistral “Guitarra Bohemia” y su aspiración celestial en “Porque no ha de ser”. Este perínclito de la canción romántica es el único que puede equipararse, en tanto un artista multifacético, al gigante bardo mexicano Agustín Lara. Otros dominicanos cuyas composiciones rivalizan con las del “divino flaco”: Rafael Solano (“Por amor”), Hector Cabral Ortega (“Arenas del desierto”), Manuel Sanchez Acosta (“Paraíso sonado”), Bienvenido Brens (“Peregrina sin amor”) y Luis Kalaf (“Aunque me cueste la vida”). En el mismo México, también rivaliza de manera excepcional nuestro Mario de Jesus (“Y”).

En tiempos más recientes, el ritmo que ha eclipsado al merengue en el gusto popular es, y no debe ser lamentable admitirlo, la bachata. Su melosa sensualidad ha conquistado al mundo al extremo de que hoy día se celebran festivales de bachata en muchos países del mundo. El indiscutible ídolo nacional del ritmo es Anthony Santos, aunque recientemente el mismo se equiparó con Raulin Rodriguez y El Chaval. Un verdadero artista en el mejor sentido del calificativo, su producción musical es rica, variada y subyugante (“Por mi timidez”, “La Jaula de Oro”). Su “Voy pa’lla” está considerada la mejor bachata de todos los tiempos, pero a otros nos gusta más “Pequeño Huracán”. No sorprende que Romeo Santos considera a ese otro Santos como su santo padre musical.

Al dejar atrás la reputación de música de tugurios de mala muerte, los intérpretes de bachata se han multiplicado y conquistan corazones entre todas las clases sociales. Aquí solo se pueden mencionar algunas clásicas de mis favoritos. Joe Veras, por ejemplo, fascina con su “El hombre de tu vida” y “La pared”. Las de Frank Reyes, por su lado, no se quedan atrás: “Ella es así” y “Quien eres tú”. Pero talvez las mejores letras de bachata de todos los tiempos las usa El Varón de la Bachata en su jibara interpretación de “Flor prohibida”, un poema de deslumbrante sencillez y potencia comunicativa.

Otras leyendas vivas del merengue, el bolero y la bachata que no se pueden omitir: Fernando Villalona (“Dominicano soy”, “Háblame mi vida”, “Respeta mi dolor”, “Cuando pise tierra dominicana”, “Delirante amor”), Wilfrido Vargas (“El jardinero”, “El africano”) y  Juan Luis Guerra (“Amor de conuco”, “Bachata rosa”, “A pedir su mano”, “Burbujas de amor”)  son solo tres de ellas. Hector Acosta deleita también con “A pasito lento” y sus múltiples bachatas.

Para no pecar de misógino hay que atender la equidad de género. Si bien figuras tales como Casandra Damirón y Elenita Santos engalanaron de antaño los salones, la verdad es que hay menos estrellas femeninas de la música popular. Entre las más recientes cabe destacar a Sonia silvestre y su inolvidable “Andresito Reina”, Milly Quezada y su  “Volvió Juanita”, Maridalia Hernandez y su “Para quererte”, además de Miriam Cruz con sus perlas.  Con sus voces celestiales y allende los mares, también  Amanda Mena y Anais están cosechando grandes éxitos.

Lagrimas del alma, por último, han causado las muertes este año de Anthony Rios, Charles Aznavour, Jose Jose, Bullumba Landestoy y Alberto Cortez. Pero morir es también el destino de lo sublime. Por eso morirse recordando a Platón y su concepto de la música sería una egregia despedida. En La Republica Platón dejo esta filigrana: “Aquel que ha sido educado musicalmente como se debe es el que percibirá más agudamente las deficiencias y la falta de belleza, tanto en las obras de arte como en las naturales, ante las que su repugnancia estará justificada; alabará las cosas hermosas, regocijándose con ellas y, acogiéndolas en su alma, se nutrirá de ellas hasta convertirse en un hombre de bien.” Y porque, como una vez dijo mi madre, “soy humilde, aunque consciente de mi grandeza”, seguiré aspirando a ser un “hombre de bien” ya que le pasare de largo a la música urbana y no abdicaré mis valores éticos ni dejaré de ser un ordinario “vocero de los dioses”.

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