Aquí entre nos ¡Oh, no AMLO! Por Alexis Almonte

 Tengo el triste presentimiento de que México no está lejos de sufrir la misma decepción de otros países de la región en los que se ha enseñoreado una demagogia populista  que primero encanta y luego amarga la vida de sus pobladores.

La inefable iniciativa del presidente Andrés Manuel López Obrador de enviar una carta de agravio gratuito al gobierno español, en la persona del Rey Felipe VI, refuerza esa oscura corazonada.

Es sencillamente insólito lo que el presidente mexicano pide en la misiva: que España se disculpe dizque “por los abusos cometidos contra México durante el proceso de la conquista”, hace más de 500 años.

Nadie puede negar los perjuicios durante el proceso de colonización del llamado Nuevo Mundo, con situaciones de excesos y abusos que nunca escapan a situaciones análogas (lo mismo ocurrió con los colonizadores ingleses frente los nativos de Norteamérica).

Es, a mi juicio, la cara amarga de un proceso cuya luminosidad tampoco se puede soslayar, porque de ahí se derivó la civilización y el progreso con que fue construyéndose el continente americano.

Su lado oscuro fueron, pues, las tropelías de malas personas, hombres sanguinarios que descargaron sus miserias humanas sobre los sufridos nativos, cuya dignidad y bienes depredaron sin la menor piedad.

Como todo en la vida, el tiempo curó las heridas y se restañaron los rencores, ¿por qué ponernos, pues, ahora,  a remover cenizas y reabrir resquemores y ofensas que no conducen a ningún sitio?

Es difícil entender las razones que ampararán a un mandatario como López Obrador, a quien ha de suponerse con mayores ocupaciones y prioridades, para estar malgastándose en cosas tan triviales e innecesarias como el estar removiendo escombros de animosidad y resentimientos ya superados con el tiempo.

Y, como era de esperarse, la impertinencia del gobernante mexicano ha recibido de los españoles el más rotundo de los rechazos, creando a la vez un ambiente de malestar y fisura sobre relaciones armoniosas que han sostenido ambos países a través del tiempo.

Leí hace varios días la reseña sobre el estruendoso abucheo que López Obrador recibió durante la inauguración del estadio de beisbol de los Diablos Rojos, en Ciudad de México. Algo negativamente notable en un gobernante con apenas 85 días de haberse instalado con el respaldo más elevado alcanzado jamás por gobierno mexicano alguno.

Su actitud ante España es, insisto, temeraria, porque crea un ambiente de tensión, animosidad  y fisura en la relación de dos países hermanados en el tiempo por idioma, la cultura y su idiosincrasia.

Así como “preguntas traen respuestas” y “lo que va viene”, López Obrador o AMLO, como ahora lo llaman, ha encontrado voces respondonas ante su desafortunada ocurrencia. La más airosa es, hasta ahora, la del laureado escritor Mario Vargas Llosa.

Ante sus alegatos en la carta al soberano español, el Premio Nobel de la Literatura le enmienda las planas planteando que  “el presidente de México se equivocó. Tendría que habérsela enviado a sí mismo y tendría que responder por qué México, que se incorporó al mundo Occidental hace 500 años y desde hace 200 disfruta de plena soberanía como país independiente, tiene todavía a tantos millones de indios marginados, pobres, ignorantes y explotados”.

Por cierto que, si lo que quería era congraciarse o hacerse simpático ante la comunidad indígena mexicana, AMLO erró en el tiro, porque la reacción de esta fue aún más dura y contundente.

 Betina Cruz, del Consejo Indígena de Gobierno (CIG) se lo restregó en la cara: “Que no se lave la mano con disculpas ajenas, porque mejor sería que respete los derechos de los pueblos originarios, para no seguir bajo el fuego de los abusos del propio Estado mexicano”

Un boomerang. Verdades que tienen que afrontarse  ante una ofensa provocativa. Demonios espantados  al airear innecesariamente trivialidades y cosas que no venían al caso.


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