El Fondo de Emergencia Familiar, como construirlo

“Debemos esperar reveses, incluso derrotas. Son enviados para que nos enseñen sabiduría y prudencia, para convocar mayores energías y para evitar caer en mayores desastres” – Robert E. Lee, General del Ejército Confederado (1807-1870)

Mamá Ocha se quedaba responsable de la casa cuando mis padres salían de viaje fuera del país. No era una tarea fácil, hacerse cargo de nueve muchachos, la mayoría de ellos ya en la adolescencia, allá a inicios de los ochenta. Pero mi abuela materna, con su dulzura y paciencia eterna, era una mujer muy especial.

Recuerdo una ocasión en que Gloria, que se encargaba de la cocina del hogar, se acercó a mi abuela preocupada, pues el abastecimiento de la despensa se agotaba y nosotros comíamos huevos por cartones y el arroz por quintal. “Doña Marosa, ¿qué vamos a hacer?”

Mi abuela, que quedó viuda con tres niños cuando mi madre tenía apenas cinco años y supo criarlos como madre soltera por varias décadas, alcanzó a sonreír levemente y tranquilizó a nuestra empleada doméstica de mayor confianza.

Creer que podremos planificar o controlar todo lo que nos ocurrirá es, además de estúpido, pura arrogancia humana. Click Para Twittear

“No se preocupe, Gloria, que para momentos como este es que uno se prepara”. De un pequeño monederito que ella acostumbraba acomodar en sus muy reducidos senos, Mamá Ocha sacó una papeleta de RD$10 que en aquella época equivalía a una pequeña fortuna con la que, sin duda, se resolvía la compra de varios días.

Así fue como, a mis doce años, aprendí a valorar lo que, todavía a esta altura de mi vida, considero como no solo la primera, sino la mejor y más importante inversión que toda persona u hogar debe proponerse realizar.

El fondo de emergencia

Le llamamos de muchas formas. El clavito. La reserva. “Lo agachao”. El colchoncito. El fondo de emergencia o contingencias. En definitiva se trata de contar con una reserva de liquidez para hacerle frente a imprevistos en nuestras finanzas, sea por una caída inesperada de los ingresos o un aumento súbito y no planificado de algún gasto.

En su mejor vertiente, el fondo de emergencia debería constituirse para representar un número determinado de meses de los gastos o compromisos fijos del hogar.

Por ejemplo, si en el hogar hay que buscar mensualmente RD$30 mil para cumplir con las necesidades básicas en cuanto a vivienda, alimentación, transporte, educación y cuotas financieras, lo ideal es conformar un “clavito” equivalente a tres meses (RD$90 mil).

De esta forma, si se deja de percibir ingresos, podrá contar con la tranquilidad de tres meses de respaldo financiero en lo que reestablece su flujo de ingresos y estabilidad laboral.

¿Por qué tres meses de reserva? Buena pregunta. Podrían ser más, dependiendo de la volatilidad o incertidumbre del ingreso familiar. En ese sentido, un corredor inmobiliario, que ve a “linda” (o una buena entrada económica) cada cinco o seis meses, debería constituir una reserva mucho más amplia, en torno a ese mismo plazo de tiempo.

Hasta lo más inverosímil bien puede ocurrir, querámoslo o no, en algún momento de nuestras vidas. Click Para TwittearEn cambio, si se es empleado de organización con buena estabilidad laboral (algo cada vez más escaso en este siglo XXI), podría funcionarle una reserva de solo tres meses.

Incluso, si se tratara de alguien sobreendeudado, particularmente con deudas tóxicas como las de tarjetas de crédito o con prestamistas a altas tasas de interés, posiblemente el “clavito” sea de solo una quincena o, como mucho, equivalente a un mes de gastos fijos.

Ojo: quizás el “enliado” es quien más debe proponerse constituir su fondo, aunque sea por un monto menor. Primero, cortará el círculo vicioso de recurrir a las deudas para enfrentar sus problemas. Segundo, con este modesto ahorro, logrará desarrollar un mínimo sentido de autosuficiencia y tranquilidad que necesitará para hacerle frente a su reconstrucción.

¿Dónde poner el clavo?

El financista que hay en mí temblaría de pensar que uno dejaría RD$90 mil ociosos en una cuenta de ahorro que solo pague el 1 % de interés anual. Eso es cierto, pero más tiemblo cuando me encuentro con personas que asumieron compromisos financieros importantes, sea para adquirir viviendas o vehículos, y no cuentan con un mínimo de liquidez para hacerle frente a esas cuotas de préstamos en caso de una pérdida de empleo.

Hay un camino intermedio. Siempre manteniendo en cuenta que lo más importante es la liquidez, es decir, que los fondos estén fácilmente disponibles para hacerle frente a las contingencias, los RD$90 mil se podrían colocar en una cuenta de ahorro de alto rendimiento o en un fondo de inversión de alta liquidez.

Una recomendación también sería colocar RD$30 mil en la cuenta de ahorro llamada “El clavito”, otros RD$30 mil en un plazo fijo a un mes y los últimos RD$30 mil en un depósito a 60 o 90 días. Los rendimientos de las inversiones se podrían capitalizar, de tal manera que de forma orgánica el fondo crezca y mantenga su valor en el tiempo.

¿Qué es una emergencia?

Veámoslo al revés: los útiles escolares no son una emergencia. El sueldo trece de la empleada doméstica tampoco. Mucho menos lo es el pago de impuestos o de la prima para el seguro del vehículo. Todos estos son gastos previsibles, que lo correcto es planificar y presupuestar, de una manera ordenada. No son, ni deben ser, sorpresa para nadie.

Ahora bien, perder el empleo o parte de los ingresos del hogar, como ya lo hemos visto, es una real emergencia. Un gasto médico, uno imprevisto generado por el vehículo o la propiedad, incluyendo un deducible importante, que no absorba el seguro de lugar, también lo es. Al igual que muchos otros eventos que cada uno puedo identificar por experiencia propia, nadie desea que estos ocurran, pero por aquello de la Ley de Murphy (¡Qué nunca falla!) lo más prudente es prevenir, prever y preparase para ellos.

Si surge el incidente, como le ocurrió a Gloria en nuestro hogar allá en los ochenta, al igual que a Mamá Ocha, no nos debe templar el pulso para procurar nuestro “clavito”, donde sea que lo tengamos colocado, para financiar nuestra independencia económica sin tener que “enliarnos” con las costosas tarjetas de crédito, a las que ojalá solamente recurramos para solventar gastos básicos en una situación de emergencia o desempleo extremo.

Todo, todo, todo pasa. Hasta lo más inverosímil bien puede ocurrir, querámoslo o no, en algún momento de nuestras vidas. Ojalá estar listos para ello, por lo menos hasta donde mejor podamos. Creer que podremos planificar o controlar todo lo que nos ocurrirá es, además de estúpido, pura arrogancia humana. Mejor hagamos como Mamá Ocha, que sin saberlo pero con su sencillez, humildad y prudencia, me enseñó el valor de la mejor inversión que todos podemos y debemos hacer. FUENTE: Argentarium…autorizado por su autor y propietario.

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