¿Recapitalizar o aniquilar al Banco Central? /Por. Juan Llado

El destacado economista Eduardo Garcia Michel enjuició en un reciente artículo (DL, 6/3/18) el desafío que representa la pendiente “recapitalización” del Banco Central (BC). No se ha cumplido una ley del 2007 cuyo objetivo era eliminar su déficit cuasi fiscal y, según él, su modificación o reemplazo deberá “achicar” el monto de los certificados emitidos por esa entidad por ser estos “la clave” para resolver el problema. Es una lástima que no reparó en que la eliminación de nuestra moneda y del mismo BC sería una pragmática medida más beneficiosa para el país.

El BC tiene diversas fuentes de ingresos mayormente asociadas a sus operaciones cambiarias y su rectoría del sistema bancario.  La necesidad de una “recapitalización” surge cuando las pérdidas operativas y patrimoniales no pueden ser cubiertas por los ingresos del organismo.  Sus mayores pérdidas operativas se generan por los intereses que debe pagar a los tenedores –del público y de las instituciones financieras– de certificados de participación y de los bonos de estabilización. El déficit restante se ha llamado cuasi fiscal porque no es de la tesorería del gobierno central, pero si lo es del Estado.

Garcia Michel informó que “en el 2005, los valores emitidos por el Banco Central en circulación ascendían a RD$133,127 millones, pero ya a enero del 2018 estaban en RD$511,157 millones, o sea, casi se habían multiplicado por cuatro.”  (Al 50×1, esto equivale a US$10,223 millones.)  Una causa del progresivo incremento de ese pasivo es que el gobierno no le ha transferido recursos líquidos como manda la ley ni le ha emitido bonos redimibles.  Pero la otra, tal vez más importante, es que el BC ha usado, en operaciones de mercado abierto, el recurso de los certificados y bonos para prevenir la devaluación y la inflación.

Por ende, el BC ha emulado la política fiscal (del gobierno central) de los últimos años en tanto ha resuelto el problema de su déficit cuasi fiscal con una creciente deuda. Puesto que sus ingresos operativos no alcanzan para solventar el servicio de su deuda, el BC recurre al señoreaje, es decir, la emisión de billetes y monedas a un ínfimo costo, expandiendo la oferta monetaria a riesgo de causar mayor inflación. Se puede presumir entonces que mientras no se logre un Pacto Fiscal que aumente significativamente los ingresos tributarios y el fisco pueda absorber la deuda del BC, el problema seguirá aumentando.  La sociedad seguirá en el limbo porque no se percata del grave problema.

Si en los últimos doce años los bonos y certificados (en pesos) por redimir han registrado un aumento anual promedio de más de US$600 millones (a la tasa de 50×1), su pertinencia resulta cuestionable dado los costos financieros.  Si el BC paga en promedio un 10% anual de interés por esos bonos y certificados, la primera comparación relevante es con lo que pagaría el gobierno central si tomara ese dinero prestado en dólares en el mercado financiero internacional. Habría una diferencia de por lo menos unos 4 puntos porcentuales. De manera que al Estado le convendría más endeudarse con préstamos externos –que tome el Ministerio de Hacienda– que a través del BC.

Los economistas ortodoxos advertirían que tal comparación no es válida. Alegaran que se requiere una institución para manejar la política monetaria a fin de estabilizar los precios y equilibrar vaivenes internos de la economía. Pero habría que evaluar si, en términos históricos y en el presente, la capacidad de emisión de moneda ha siempre logrado esos objetivos. Durante los primeros 103 años de nuestra historia la capacidad de emisión de moneda creó graves problemas (http://hoy.com.do/el-sistema-monetario-en-laprimera-republica-1844-1861/), mientras desde que se fundó el BC en el 1947 ha habido mucho más sombras que luces.  Algún día se escribirá un libro sobre eso.

Los intereses creados en torno a esa capacidad del BC han enmascarado sus desventajas con el alegato de que tener moneda propia es uno de los sacrosantos puntales de la soberanía e independencia. Si bien en la época postrujillista no ha habido desordenes monetarios como los de Baez y Lilis, si ha habido manipulación de la política monetaria para favorecer los desvaríos de algunos gobiernos y muchas maniobras non sanctas para enriquecer a unos cuantos privilegiados. El mismo reto de la “recapitalización” del BC es resultado de un malsano uso de su capacidad de emisión.

Más allá de esos desvaríos de la capacidad de emisión, un análisis de lo que pasaría si defenestramos la moneda propia favorece la aniquilación del BC y de la moneda nacional.  No es el oneroso costo de administrar –con más de 2,500 empleados– una masa monetaria propia lo que calificaría como la principal desventaja. Lo más oneroso es el mal manejo de las medidas antiinflacionarias, el “riesgo cambiario” que preocupa a los inversionistas extranjeros y las altas tasas de interés que prevalecen.

Aquí se arreglarían muchos baches si el país adoptara el euro y el dólar de EEUU como sus monedas oficiales. Con la virtual desaparición del riesgo cambiario y la alineación de las tasas de interés con las de los EEUU y Europa se proveería un mayúsculo estímulo a la inversión y, consecuentemente, al desarrollo económico. Además, se simplificarían las transacciones internacionales, ahorrando tiempo y costos.  Esos beneficios serían más valiosos y funcionales que poder enfrentar con emisión cualquier situación de emergencia o de recesión económica.  Y frente a choques externos –como la subida de los precios del petróleo—no hay recurso que valga para contener la inflación.

Tampoco es válido el argumento de que la eliminación del peso y del BC no es posible por razones políticas. Ya no sería porque en esta era de galopante globalización la población se aferra a caducas nociones de soberanía e independencia.  Sería más bien por los intereses locales que serían afectados.  De estos últimos lo menos trascendente es que la empleomanía del BC pierda su empleo (y los exagerados beneficios de que disfruta) ya que algunas de las funciones del BC (p. ej. Estadísticas) deberán ser absorbidas por otras agencias del Estado y gran parte del personal podría traspasarse. El temor principal es a los propietarios de los bancos, alegando que la desaparición del peso los perjudicaría.

Es cierto que su “margen de intermediación” se vería seriamente disminuido al descender significativamente las tasas de interés. Pero eso es una verdad a medias.  Con el estímulo que la adopción del euro y el dólar significarían para la economía nacional los bancos aumentarían sus operaciones, ganando menos en cada transacción promedio pero más en total. Adicionalmente, la supervisión prudencial de una Superintendencia de Bancos se simplificaría y se haría menos gravosa para el buen funcionamiento de los bancos.

Pero al final, el aniquilamiento del BC es una medida que debe obedecer al interés colectivo y no al particular. En El Salvador, Panamá y Ecuador lo han entendido así y han adoptado el dólar como su medio oficial de pago.  (El hecho de que El Salvador no haya experimentado un avance en su economía tan grande como se ha dado en los otros dos países no es culpa de la moneda.)  A nosotros nos incumbe dar el paso a sabiendas de que estaríamos en el camino correcto, justo ahora que las criptomonedas están presagiando el fin de las monedas nacionales.

Por supuesto, una traba importante contra la medida es la obtención de la moneda extranjera para “desfichar” a los tenedores de los certificados y bonos y reemplazar los billetes y monedas en circulación.  Pero “a eso se le busca la vuelta”.  Ahí están el BID, el Banco Mundial, el FMI o el mismo Tesoro de los EEUU para girarnos un préstamo de desarrollo. Otra opción sería vender el flujo de ingresos del oro de la Barrick por su valor presente neto y complementar con bonos soberanos. Con el “desfiche” no incrementaríamos la deuda sino que la reconvertiríamos a dólares, de paso pagando una menor tasa de interés.

La adopción del euro y el dólar convendría a la creciente internacionalización de nuestra economía. La población acogería con beneplácito la medida: tenemos un país donde las remesas y el turismo significan más ingresos en moneda extranjera que lo aportado por las exportaciones, más de 250,000 ciudadanos estadounidenses y casi un millón de haitianos residen aquí, casi dos millones de nacionales viven en EEUU y más de 200,000 en Europa, recibimos más de 500 vuelos semanales por Punta Cana y la conectividad crece en las escuelas y en la población. Garcia Michel debe admitir que tener moneda propia es para nosotros un anacronismo y que lo recomendable es aniquilar al BC y no recapitalizarlo.

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