Macris se fortalece en Argentina mientras el peronismo se debilita por la division

Las elecciones legislativas argentinas realizadas el domingo 22 de octubre dejaron a la fuerza oficialista Cambiemos como la gran ganadora de la jornada. ¿A qué motivos se puede atribuir este triunfo de la centroderecha que representa el presidente Mauricio Macri?

Un resultado electoral siempre es multicausal. Puede suceder que uno o alguno de los factores tengan más peso que otros. En este caso, aquellos del orden de lo político hicieron a la victoria de Cambiemos. Soy de aquellos que se inclinan a pensar que esta fuerza está erigiendo una hegemonía, aunque esta se encuentra aún en disputa. El gobierno marcó en el antikirchnerismo el eje de la contienda. Luego volvió a capitalizar su condición de opción antikirchnerista nítida. Con esto pudo soslayar algunas cuestiones, como el caso de la desaparición forzada y la muerte del joven Santiago Maldonado o el deterioro en el nivel de vida de la población producto de las medidas económicas tomadas. Incluso se valió de esto último para nutrir un relato político que caló en la sociedad: aquel que sostiene que el anterior gobierno tuvo un grado mayor de responsabilidad en la crisis. Así, el gobierno parece legitimar la idea de un «sacrificio necesario» con reminiscencias al stop & go. Mauricio Macri puede mantener, entonces, un nivel de expectativas que le permite encarar su segundo tramo de gobierno con más holgura. Tampoco hay que olvidar que la política argentina es «estadocéntrica» y, por lo tanto, la utilización de los recursos estatales, combinada con la comunicación segmentada, le dio a Cambiemos una ventaja definitoria. A esto se le puede agregar que una elección con el espacio opositor fragmentado es una elección menos competitiva. El peronismo, que viene sufriendo rupturas desde 2012, llegó a este turno electoral con tres ofertas y ninguna alternativa al gobierno. Por eso demostró poca capacidad de generar expectativas en la sociedad.

En la provincia de Buenos Aires, que resulta central para la definición del panorama político del país, se produjo un resultado más ajustado, pero la principal candidata opositora, la ex-presidenta Cristina Fernández de Kirchner, perdió la contienda. ¿Cómo cree que se reposicionará el kirchnerismo de ahora en adelante?

En principio, diría que es posible que el kirchnerismo se vaya diluyendo. Sin embargo, en términos relativos, la cosecha de votos retardará esa dilución. Si el peronismo fue el perdedor de la jornada, Cristina Kirchner fue la «menos perdedora». Los votos que obtuvo, sumados a los de las listas kirchneristas del interior del país, no alcanzan para ganarle al macrismo. Pero a la vez impiden que otros dirigentes la «jubilen», por utilizar una expresión común en el vocabulario argentino. Por otro lado, si el reposicionamiento de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) tendió más hacia el progresismo, el de las elecciones generales se inclinó más hacia el peronismo en su variante «intendentista» –aquella que representan los intendentes del Conurbano bonaerense–. Aunque hay sectores que la acompañaron y pujan por mantenerse dentro de la estructura formal del justicialismo, no hay que olvidar que Cristina Kirchner se siente cómoda por fuera de esta. Por lo tanto, creo que mantendrá, al menos hasta que se cristalice esta reconfiguración de fuerzas, su sello propio –Unidad Ciudadana–, afín a las ideas progresistas, con votos pero sin victorias y confinado a la tercera sección electoral bonaerense. Desde allí seguirá siendo un factor, aunque en declive, a tener en cuenta por el resto de la galaxia peronista. Condicionará al peronismo no kirchnerista y evitará ser condicionada por este, estirando definiciones que, acorde con su manual de estilo, se tomarán conforme se acerquen las próximas elecciones.

Una situación notable en esta elección fue la ausencia del progresismo no peronista como fuerza política de relevancia. En este espacio solían destacarse los socialistas, sectores pertenecientes al ala socialdemócrata de la Unión Cívica Radical y liberales progresistas procedentes de distintos partidos. ¿Por qué ese espacio no pudo desarrollar alternativas en esta elección legislativa? ¿A qué puede atribuirse el declive de este tipo de espacio y cómo cree que puede reconfigurarse en el futuro?

En relación con la primera cuestión, creo que en el progresismo ha venido primando una vocación frentista que, a mi criterio, es positiva. Ahora bien, las complicaciones pasan a encontrarse cuando se advierte que, a excepción de Santa Fe, no conduce las coaliciones que integra. Esto impide, en primer lugar, mensurar ciertamente su grado de electorabilidad. Quizás como una consecuencia no deseada de esta imposibilidad, se advierte que, de una manera análoga a lo que sucede en el peronismo, existe progresismo o ideario progresista desperdigado por todo el espectro político –un sector del socialismo en el kirchnerismo, o el partido GEN de Margarita Stolbizer aliado al candidato «centrista» Sergio Massa–. Además, ya hay quienes se animan a decir que existe progresismo en el macrismo. Diego Valenzuela, actual intendente de la localidad de Tres de Febrero, a quien entrevisté antes de las elecciones, lo afirma contundentemente. Provocativo, consideró desde su lugar de gestión que «el progresismo es el progreso, no el discurso progresista. Y el progreso son hechos». Con respecto a la segunda cuestión, una de las razones del declive es esta «ola amarilla» que se cierne sobre el país. Lo sufrió el Frente Progresista santafesino, faro de este espacio que vive un desgaste lógico de diez años de gestión. Otra razón es esta aludida dispersión del progresismo en diferentes frentes electorales, hecho que le restó potencia. Hay otro punto, no exclusivo del progresismo, que se vincula a la inviabilidad de terceras fuerzas en esta compulsa. Estimo que una probable reconfiguración del campo progresista podría ir de la mano, en alguno de los ámbitos subnacionales de la política, de la vertebración de una propuesta política alternativa y contrahegemónica al macrismo, y que consiga una posterior capacidad de propagación, como la supo tener el socialismo santafesino.

A diferencia de la izquierda democrática, el Frente de Izquierda y los Trabajadores que representa al trotskismo sí manifestó un crecimiento en términos generales, sobre todo teniendo en cuenta sus parámetros históricos. ¿Cuáles son las razones por las que crece este espacio político y de dónde proviene su caudal de apoyos?

Creo que han tenido un aggiornamiento que, aclaro una vez más, es positivo. Supieron salir del lugar que se le asigna al trotskismo tradicional. Creo a la vez que ese mérito le cabe al Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), ya que obligó al otro socio mayoritario, el Partido Obrero (PO), a servirse de los espacios que brinda la institucionalidad «burguesa», usando un poco su terminología, pero sin abandonar la calle. A la lógica de acumulación, propia de toda organización política, le han incorporado una lógica de representación que les permite empalmar con una corriente social que es combativa y no estaba encuadrada en la izquierda clasista. Digo esto y tomo como ejemplo lo que sucede en la zona norte del Gran Buenos Aires: allí se produjeron importantes huelgas y reclamos como los de las fábricas Fate, Lear y Madygraf. Todas esas luchas fueron encabezadas por este sector de la izquierda. Esto es lo que el periodista Fernando Rosso bautizó como «la columna norte». Fundamentalmente creo que, en algunos aspectos, están superando esos clichés del «trotskista universitario» o el piqueterismo del Polo Obrero. Tienen candidatos atractivos a los que vota más de un kirchnerista, como Myriam Bregman, abogada en causas importantes de derechos humanos que se presentó por la Capital Federal. En síntesis: dejaron de pescar solo en la «pecera trotskista», construyen representación y se nutren de sectores trabajadores. Lo que me pregunto, entonces, es cuánto tiempo se mantendrá esta tendencia.

En general, y más allá de los actores que ya mencionamos como perdedores, se evidencia un fracaso de las «terceras fuerzas» como las que representaban Sergio Massa en la provincia de Buenos Aires y Martín Lousteau en la Capital Federal. ¿El escenario de polarización entre el kirchnerismo y el macrismo opacó a todas esas fuerzas políticas y está destinado a quedarse o, por el contrario, estas expresiones tienen posibilidades de crecimiento de cara a 2019?

Advertimos una polarización asimétrica. Si bien hubo dos fuerzas, una de ellas fue el «partido del Estado», por lo cual aventajó con claridad a la otra. El fracaso de las «avenidas del medio» se debió a que la disputa estuvo, en términos de espectro ideológico, volcada hacia el centro. Desde el punto de vista de Cambiemos, esto se advierte por el mentado y polémico –y trato de usar estas palabras con sumo cuidado– gradualismo de estos dos años. Desde el punto de vista del kirchnerismo, se ve por la apelación a la «ciudadanía», concepto que no utilizaron durante sus años de gobierno. Esto, creo, es aplicable al caso bonaerense. El voto de Sergio Massa es más antikirchnerista que antimacrista, y por esa razón migró hacia Cambiemos. Con respecto a Lousteau, el «tercer candidato» de la Capital, esta cuestión de ser oficialista en el nivel nacional y opositor en el nivel porteño jugó claramente en contra. Pudiendo elegir primeras marcas, es lógico no optar por las segundas. ¿El escenario de polarización macrismo-cristinismo puede quedarse? Ese es el deseo del gobierno, tener como principal contendiente al obturador del campo opositor. Ahora, si se mantiene esta fragmentación del peronismo, lo que no se mantendría en 2019 es la polarización. ¿Los sectores que apuestan a la «avenida del medio» como el de Sergio Massa tiene posibilidades de crecimiento? En principio, yo diría que los veo discutiendo una confluencia con sectores del peronismo.

Uno de los debates importantes que cobran importancia tras los comicios es el de los posibles cambios en el peronismo. ¿Cómo ve la situación actual en el marco de una fuerza política dividida? ¿Desde qué lugar pueden producirse actualizaciones en el discurso y la práctica del peronismo que habiliten la configuración de un nuevo espacio opositor?

A partir de 2012, una parte del peronismo buscó tener razón antes que ganar elecciones. La que se opuso a esto no supo hacer otra cosa. Así, perdió su capacidad de ofrecerle futuro a la sociedad. Ahora lo que tenemos, por un lado, es un peronismo bonaerense asentado en la tercera sección electoral –su histórico bastión– y los fondos de la primera, con votos pero sin victorias. Que tuvo que ir a buscar a Cristina ya que hicieron del tacticismo un fetiche. Por el otro, tenemos uno que busca actualizarse con un liderazgo distinto al de Cristina. El problema es que le habla a una sociedad que está solo en su cabeza. Para peor, en el medio se le perdieron los votos. El peronismo es un partido del poder, y más que un lugar común eso debe ser un incentivo para resolver esta situación. La clave es lograr una actualización política y doctrinaria. ¿Cómo? Adaptándose a las corrientes sociales de este tiempo. Me pareció muy claro al respecto lo que escribieron Pablo Touzon y Martín Rodríguez en Panamá Revista: «es necesario encontrar las palabras y los conceptos para hablarle a la época. Ser contemporáneo». Creo que es por allí por donde pasa la cuestión.

Los resultados del domingo no solo hablan sobre lo que podría suceder en 2019 sino de la capacidad de maniobra del gobierno de Mauricio Macri desde ahora mismo. ¿Esto podría modificar la relación del oficialismo con otros actores sociales como, por ejemplo, el sindicalismo? ¿Se podría esperar un nuevo ajuste o una reforma laboral que tienda a la flexibilización, tal como aseguran muchos analistas?

De la primera pregunta puedo decir que, sin dudas, coloca a Macri en un lugar de mayor fortaleza en relación con estos actores que se ven venir momentos más complicados. En la Confederación General del Trabajo (CGT), en gobernaciones e intendencias opositoras se ven venir su Dunkerque. El debate de «ir por todo» o mantener cierto dialoguismo existe en el macrismo. Ahora, el presidente demostró ser pragmático al entender que el problema de un orden político es su mantenimiento. Y esto lo afirmo para ingresar a la segunda pregunta. Creo que esto hay que pensarlo en los términos que recientemente planteó el politólogo Andrés Malamud: agendas deseadas y agendas posibles. Me inclino a creer, sobre la base de lo hecho en estos dos años, que desplegarán la segunda agenda. Aunque, por supuesto, lo harán a su manera: con posibles ajustes en el horizonte y, como anticipó Macri, con este «reformismo permanente». Van a medir tiempos y espacios, intentando ver cómo y hasta dónde pueden aplicar una reforma laboral. Veo más posible una reforma impositiva, no así la previsional. Fuente: Revista en Nueva Sociedad

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