La traicion por Ariel Heredia Ricardo, Pregón Digital Puerto Plata.-

La mayoría de dominicanos han visto alguna que otra película donde los sapos o traidores son asesinados después de haber cometido sus traiciones, a manos de aquellos a quienes se habían vendido.

Según la biblia Judas Iscariote, tal vez sea el más famoso de todos los traidores de la historia por delatar a Cristo con un beso (dizque “el beso de Judas”) para señalarlo y que le apresaran los romanos a cambio de las 30 monedas de plata.

La traición es una conducta recurrente de los políticos y de sus aprendices, es un comportamiento siempre presente en la vida pública, es una lacra ética personal, una úlcera purulenta en el rostro del traidor.

La traición política es una de las formas de corrupción personal más despreciable, sin embargo, estamos acostumbrados a ver en reiteradas oportunidades “pedir perdón” como la solución a su “error”, y nos preguntamos ¿El TRAIDOR puede dejar de serlo solo con el perdón? ¿Es suficiente el perdón para volver a confiar en el TRAIDOR?

Maquiavelo afirma: “La traición es el único acto de los hombres que no se justifica”. Y menciona además: “los celos, la avidez, la crueldad, la envidia, el despotismo es explicable y hasta pueden ser perdonados, según las circunstancias; los traidores, en cambio, son los únicos seres que merecen siempre las torturas del infierno, sin nada que pueda excusarlos”.

Consideramos que la traición es uno de los actos despreciables, ruines, execrables y vergonzosos que un ser humano pueda cometer contra otro, contra su grupo político, religioso, contra los intereses de su país. En las campañas electorales vemos con mucha regularidad las ofertas engañosas e imposibles, hechas a sus potenciales votantes para lograr ascender a los diferentes niveles del poder político. Logrado tal objetivo y con muy poca vergüenza sale ante la traición planteada con alevosía.

Hay actos de traición por los que a menudo los traicionados pagan un alto precio, incluso en muchas ocasiones pagan con su propia vida, que sin duda es el peor de los escenarios posibles.

Cuando un acto de traición se comete por parte de alguien que por su posición social, político o militar de él depende toda una comunidad o una nación, las consecuencias pueden ser devastadoras, siendo que miles e incluso millones o decenas de millones de seres humanos pueden terminar pagando muy caro la vileza de este traidor, que por regla general suele hacerlo por esas metafóricas 30 monedas de plata, o por alcanzar una mejor condición dentro de su ámbito social, una posición de más poder y control, o todas ellas juntas como muchas veces sucede.

Según cuenta la historia bíblica, Judas Iscariote cuando comprendió la traición que había cometido contra Cristo, quiso devolver las treinta monedas de plata a los sacerdotes y viendo que ya no había vuelta atrás, horrorizado por sus actos, corrió a quitarse la vida ahorcándose él mismo. Al menos Judas tuvo algo de honor a última hora para imponerse a sí mismo el peor de los castigos, escuchen bien, su propia muerte.

Hoy en día, el honor es como las especies en vías de extinción, sobre todo a nivel político. Todos vemos como los que traicionan a sus votantes y a su propio pueblo, salen sonrientes de los atolladeros, y para más ejemplo no solo no suelen pagar por su acto de cobardía y maldad sino que además son aplaudidos por quienes les siguen ciega e incondicionalmente, aun habiendo sido víctimas estos de las fechorías de dichos políticos…

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