Ecuador: recta final hacia la presidencia

Aunque Lenin Moreno aparece como ganador en todas las encuestas, sus números han bajado y ya todos dan por hecho que habrá segunda vuelta electoral. El escenario es confuso tanto para el oficialismo correísta como para la oposición.

Ecuador entra en las últimas semanas de campaña electoral en medio de la apatía y el desinterés. Aunque es la primera vez desde 2006 que ronda la incertidumbre sobre los resultados, se percibe muy poca militancia o entusiasmo en la campaña. No debe extrañar. Luego de diez años monocromáticos, marcados por la iniciativa gubernamental y un bombardeo publicitario sin precedentes, una crisis económica que se profundiza y una creciente restricción presupuestaria en la que el servicio de la deuda ha vuelto a superar la inversión social, todos los candidatos evaden hablar del ajuste económico pero todos lo preparan. Priman el escepticismo y la desconfianza.

De los ocho candidatos en contienda, solo cuatro tienen opciones reales de triunfo. El candidato oficial es Lenin Moreno, primer vicepresidente de Rafael Correa, acompañado del actual vicepresidente, Jorge Glas Espinel, que busca la reelección. Moreno figura primero en todas las encuestas pero sus números caen sistemáticamente. Dada la tendencia existente, luce poco probable que gane en primera vuelta (para lo que necesita 40% de los votos válidos). Aunque Moreno se presenta como la «cara amable» del gobierno, mostrando un rostro de benevolencia, tolerancia y diálogo luego de un extenuante estilo de polarización, ataques y descalificaciones, Glas se muestra como una copia sin brillo de su mentor, el presidente Correa. Cuando preguntaron a Moreno al inicio de la campaña si su binomio había sido elegido por «convicción» o por «imposición», respondió «por ambas cosas». Y es que no solo expresan tendencias ideológicas dispares (más proempresarial Glas, más social Moreno) sino que Glas ha sido un terrible lastre para la campaña por su persistente implicación en escándalos de corrupción, hasta el punto de que casi no figura en afiches, spots publicitarios o recorridos. La estrategia de la campaña ha consistido en ocultar a Glas, al tiempo que evita la presencia de Moreno en debates o entrevistas intensas donde no se desempeña con fluidez.

La derecha política y económica se dividió en dos candidaturas que se disputan el discurso del «cambio». Enfatizan el protagonismo de la empresa privada, la disciplina fiscal y la reducción de impuestos. Por un lado, Cinthya Viteri, destacada parlamentaria del Partido Social Cristiano, surgida bajo el ala protectora del caudillo guayaquileño y alcalde de la ciudad Jaime Nebot Saadi. El binomio de Viteri es un conocido consultor económico ortodoxo que ya fue ministro de Economía durante el gobierno de Lucio Gutiérrez y se caracterizó por la inflexibilidad en la austeridad. La campaña de Viteri, aunque destila ortodoxia económica, se ha caracterizado por propuestas agresivas de subsidios: electricidad gratuita para hogares de bajos ingresos, viviendas gratuitas para los afectados por el sismo de 2016, devolución del aporte estatal al fondo de pensiones del Instituto de Seguridad Social del Estado retirado por el gobierno actual. Aunque claramente conservadora en temas económicos, Viteri es mucho más liberal en cuestiones morales y de género que su rival en la tendencia, Guillermo Lasso, un banquero numerario del Opus Dei. Nunca se ha aclarado por qué Lasso y Nebot no pudieron mantener la alianza política que sellaron en el año 2013 y que naufragó en 2015. La división los debilita porque cosechan un electorado fundamentalmente costeño y compiten por los mismos votos. Lasso ha centrado su campaña en la oferta de un millón de empleos y la reducción de impuestos por más de 3.000 millones de dólares sin aclarar dónde hará los recortes para financiar tanto los ingresos faltantes como el déficit fiscal actual, cifrado en 6.000 millones adicionales. Su campaña ha logrado hasta ahora presentarse como la alternativa más viable al gobierno y como la oposición más radical. En la promoción de esa imagen ha sido apoyada por el propio gobierno, que se siente más cómodo enfrentando esta candidatura: no solo es un candidato asociado al pasado de atraco financiero, sino que tiene un altísimo «voto negativo» que puede costarle caro en una segunda vuelta. Lasso es, pues, el candidato que tiene más posibilidades de llegar a la segunda vuelta, pero el que es más probable que resulte derrotado en ella.

El cuarto candidato con opción de triunfo es el general Paco Moncayo, que agrupa a movimientos de centroizquierda y organizaciones sociales desencantadas con el correísmo, como el movimiento indígena y las principales organizaciones sindicales. Moncayo fue jefe del comando conjunto de las Fuerzas Armadas, jefe de operaciones militares en la guerra con el Perú en 1995 y alcalde de Quito por el partido socialdemócrata Izquierda Democrática. Se destacó como un administrador eficiente y un político respetable y decente. Pero no promete grandes cambios ni entusiasma a multitudes con propuestas movilizadoras. Su mayor oportunidad electoral reside en que es el principal candidato en la Sierra y en que resulta atractivo para los votantes que el oficialismo ha ido perdiendo. Su principal dificultad es que no logra arrebatar votantes a la oposición más radical al gobierno. Su opción es arriesgada y difícil: ofrecer una alternativa equidistante del gobierno y de la oposición de derechas. Su discurso de campaña enfatiza la recuperación de libertades civiles, de protesta y de expresión, la preservación de las conquistas sociales alcanzadas y el fin del despilfarro económico y la corrupción.

Los restantes cuatro candidatos tratan de presentarse como «nuevos» y «antipolíticos», con relativamente poco éxito. El próximo gobierno será sin duda un gobierno más débil: muy probablemente carecerá de mayorías estables en la Asamblea Nacional, tendrá enfrente una institucionalidad fragmentada y deberá enfrentar la impopularidad de medidas de ajuste fiscal. Luego de una década de estatismo disciplinario, de la gestión de la bonanza, de obsesión por el principio de autoridad y de un personalismo desbordante, los siguientes cuatro años carecerán de estos ingredientes del pasado reciente. En los contornos imprecisos del cambio por venir hay incertidumbre, pero también oportunidades.

Comentarios

Compartir