El “apropiado lenguaje” en diplomacia / Por. Manuel Morales Lama

En el propósito de lograr una eficiente ejecución de la política exterior, la diplomacia en su rol de canal ejecutor de esa política, ha ido creando metódicamente consistentes instrumentos, mecanismos y estrategias, cuya depuración, fortalecimiento y consagración en este ejercicio (en su manejo profesional), lo va determinando paulatinamente la eficacia en los resultados de su aplicación, en la dinámica del persistente proceso evolutivo de la propia diplomacia.

 La efectividad en la comunicación en este ámbito no sólo demanda tener un excelente medio, sino también implica contar con una “poderosa capacidad de análisis y respuesta”, asimismo, hoy resulta imprescindible saber valerse oportuna y eficientemente de las “herramientas modernas de información y comunicación”. Igualmente es fundamental tener en cuenta el principio de la igualdad soberana de los Estados y el de la reciprocidad.

En este ejercicio resulta esencial saber darle la precisa interpretación a los mensajes y las palabras, igualmente a las “señales” y a los gestos. Hay que saber entender el signifcado de la interrupción de la comunicación, del silencio y de la retirada del interlocutor, incluso de la exageración de sus cumplidos.

Uno de los instrumentos con que puede contarse en este campo es el denominado “lenguaje profesional de la diplomacia” que ha sido considerado el único medio que permite a través de cautelosas gradaciones, formular una advertencia seria, cuando sea necesario, de conformidad con las normas de convivencia internacional, es decir con la propiedad requerida y sin emplear innecesariamente vocablos descorteces o amenazadores. El lenguaje diplomático es, en esencia, una cautelosa forma de expresión que da la oportunidad de quedarse por debajo de la exacerbación, cuando ese proceder conviene a los intereses del Estado que se representa.

Es oportuno recordar que ciertos términos de uso frecuente en el lenguaje cotidiano adquieren una especial connotación en este medio, así ocurre con el término “preocupación”, que en el medio diplomático constituye “un llamado de atención” que amerita respuesta. Un tanto similar a ello, pero de implicaciones mayores sucede con el denominado “llamado a consulta” (del Jefe de Misión Diplomática) que en este medio tiene “normas de ejecución establecidas” y su uso está limitado a determinadas situaciones, como suele ser expresar desagrado o un significativo desacuerdo y, obviamente, implica una alteración importante en las relaciones entre los Estados involucrados, que si bien podría solventarse mediante negociaciones, en otros casos constituye el preámbulo de una situación más grave aun.

No resulta ocioso citar a Moreno Pino y a otros autores, clásicos y modernos, en relación a cómo el interés de exponer determinados asuntos con el debido tacto ha llevado a Estadistas, Ministros de Relaciones Exteriores y agentes diplomáticos a adoptar una serie de “frases convencionales” que, por muy afables que puedan parecer, poseen un valor de cambio conocido.

Así cuando un Mandatario, un Canciller o Embajador informa a otro gobierno que el suyo “no puede permanecer indiferente” ante determinada controversia quiere signifcar que, su gobierno intervendrá en esa disputa. Si en su misiva o discurso emplea frases tales como: “El gobierno de mi país ve con inquietud” o “ve con grave inquietud”, entonces es claro que el gobierno que representa se propone adoptar una actitud enérgica en el referido asunto.

Mediante cautelosas gradaciones como éstas un político o un diplomático puede formular, apropiadamente, una importante advertencia. Si no se hace caso de ella, todavía puede elevar su voz sin que por ello deje de seguir siendo “cortés y conciliatoria”. Si dice “en ese caso mi gobierno (el que representa) se sentiría inclinado a reconsiderar cuidadosamente su posición” quiere decir que la amistad está a punto de quebrantarse. Cuando dice “el gobierno de mi país se siente obligado a formular reservas expresas con respecto deÖ” dice en realidad que “el gobierno de su país no permitiráÖ”

La expresión “en ese caso mi gobierno se verá obligado a considerar sus propios intereses” o “a declararse libre de compromisos”, indica que se prevé una alteración de las relaciones. Si advierte a un gobierno extranjero que determinada acción de su parte sería considerada “como un acto no amistoso”, deben interpretarse sus palabras como una amenaza tácita para la adopción de medidas de hecho, reconocidas por la comunidad internacional.

Asimismo, cuando dice que “se verá obligado a declinar toda responsabilidad por las consecuencias” quiere decir que está a punto de provocar un incidente que llevaría a la aplicación de medidas coercitivas. Y si pide, aun en los términos de la más exquisita cortesía, una respuesta, por ejemplo, para “antes de las seis de la tarde del día diez” su comunicación se considera entonces, con fundamento, un “ultimátum”.

Cabe señalar que en la obra La Comunicación Diplomática en las Relaciones Internacionales, escrita por quien suscribe para “Valletta Ediciones” de Argentina (2014), se tratan pormenorizadamente otros aspectos del tema.

Finalmente debe resaltarse, que el uso “cuidadoso y selectivo” del lenguaje diplomático constituye, sin duda, un valioso recurso en este ejercicio. En cambio, su uso descuidado o por desconocedores, puede otorgar a una situación determinada una gravedad de la que en realidad carece.

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El autor es embajador de carrera y consultor internacional

Con el propósito de lograr una eficiente ejecución de la política exterior, la diplomacia en su rol de canal ejecutor de esa política, ha ido creando metódicamente consistentes instrumentos, mecanismos y estrategias, cuya depuración, fortalecimiento y consagración en este ejercicio (en su manejo profesional), lo va determinando paulatinamente la eficacia en los resultados de su aplicación, en la dinámica del persistente proceso evolutivo de la propia diplomacia.

La efectividad en la comunicación en este ámbito no sólo demanda tener un excelente medio, sino también implica contar con una “poderosa capacidad de análisis y respuesta”, asimismo, hoy resulta imprescindible saber valerse oportuna y eficientemente de las “herramientas modernas de información y comunicación”. Igualmente, es fundamental tener en cuenta el principio de la igualdad soberana de los Estados y el de la reciprocidad.

En este ejercicio resulta esencial saber darle la precisa interpretación a los mensajes y las palabras, igualmente a las “señales” y a los gestos. Hay que saber entender el signifcado de la interrupción de la comunicación, del silencio y de la retirada del interlocutor, incluso de la exageración de sus cumplidos.

Uno de los instrumentos con que puede contarse en este campo es el denominado “lenguaje profesional de la diplomacia” que ha sido considerado el único medio que permite a través de cautelosas gradaciones, formular una advertencia seria, cuando sea necesario, de conformidad con las normas de convivencia internacional, es decir con la propiedad requerida y sin emplear innecesariamente vocablos descorteces o amenazadores. El lenguaje diplomático es, en esencia, una cautelosa forma de expresión que da la oportunidad de quedarse por debajo de la exacerbación, cuando ese proceder conviene a los intereses del Estado que se representa.

Es oportuno recordar que ciertos términos de uso frecuente en el lenguaje cotidiano adquieren una especial connotación en este medio, así ocurre con el término “preocupación”, que en el medio diplomático constituye “un llamado de atención” que amerita respuesta. Un tanto similar a ello, pero de implicaciones mayores sucede con el denominado “llamado a consulta” (del Jefe de Misión Diplomática) que en este medio tiene “normas de ejecución establecidas” y su uso está limitado a determinadas situaciones, como suele ser expresar desagrado o un significativo desacuerdo y, obviamente, implica una alteración importante en las relaciones entre los Estados involucrados, que si bien podría solventarse mediante negociaciones, en otros casos constituye el preámbulo de una situación más grave aun.

No resulta ocioso citar a Moreno Pino y a otros autores, clásicos y modernos, en relación a cómo el interés de exponer determinados asuntos con el debido tacto ha llevado a estadistas, ministros de Relaciones Exteriores y agentes diplomáticos a adoptar una serie de “frases convencionales” que, por muy afables que puedan parecer, poseen un valor de cambio conocido.

Así, cuando un mandatario, un canciller o embajador informa a otro gobierno que el suyo “no puede permanecer indiferente” ante determinada controversia, quiere signifcar que su gobierno intervendrá en esa disputa. Si en su misiva o discurso emplea frases tales como: “El gobierno de mi país ve con inquietud” o “ve con grave inquietud”, entonces es claro que el gobierno que representa se propone adoptar una actitud enérgica en el referido asunto.

Mediante cautelosas gradaciones como estas un político o un diplomático pueden formular, apropiadamente, una importante advertencia. Si no se hace caso de ella, todavía puede elevar su voz sin que por ello deje de seguir siendo “cortés y conciliatoria”. Si dice “en ese caso mi gobierno (el que representa) se sentiría inclinado a reconsiderar cuidadosamente su posición” quiere decir que la amistad está a punto de quebrantarse. Cuando dice “el gobierno de mi país se siente obligado a formular reservas expresas con respecto de…” dice en realidad que “el gobierno de su país no permitirá…”

La expresión “en ese caso mi gobierno se verá obligado a considerar sus propios intereses” o “a declararse libre de compromisos”, indica que se prevé una alteración de las relaciones. Si advierte a un gobierno extranjero que determinada acción de su parte sería considerada “como un acto no amistoso”, deben interpretarse sus palabras como una amenaza tácita para la adopción de medidas de hecho, reconocidas por la comunidad internacional.

Asimismo, cuando dice que “se verá obligado a declinar toda responsabilidad por las consecuencias” quiere decir que está a punto de provocar un incidente que llevaría a la aplicación de medidas coercitivas. Y si pide, aun en los términos de la más exquisita cortesía, una respuesta, por ejemplo, para “antes de las seis de la tarde del día diez” su comunicación se considera entonces, con fundamento, un “ultimátum”.

Cabe señalar que en la obra La Comunicación Diplomática en las Relaciones Internacionales, escrita por quien suscribe para “Valletta Ediciones” de Argentina (2014), se tratan pormenorizadamente otros aspectos del tema.

Finalmente, debe resaltarse que el uso “cuidadoso y selectivo” del lenguaje diplomático constituye, sin duda, un valioso recurso en este ejercicio. En cambio, su uso descuidado o por desconocedores, puede otorgar a una situación determinada una gravedad de la que en realidad carece.

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El autor es embajador de carrera
y consultor internacional

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