La digna representación exterior del país /Por.Manuel Morales Lama

En todo análisis objetivo de la realidad internacional debe tenerse en cuenta la dinámica que han impuesto las normas contemporáneas de convivencia internacional, que han sido el resultado de un intenso y persistente proceso evolutivo del Derecho internacional y de las relaciones internacionales.

En tal dinámica los principios de la diplomacia representan la experiencia acumulada de generaciones de hábiles y talentosos diplomáticos (“en propiedad”), comprometidos plenamente en la defensa de los intereses fundamentales de las naciones que han representado, que han sabido demostrar, cuando las circunstancias así lo han demandado, las ventajas de la concertación frente a la confrontación.

Es oportuno recordar que la “teoría de la diplomacia” se ha desarrollado siguiendo líneas paralelas de esenciales conocimientos consagrados por la práctica internacional (y los usos y costumbres en este ámbito), e igualmente, los fundamentos de carácter científico, que a través de la historia han sido determinantes para convertir a la diplomacia en un esencial proceso continuo.

En igual contexto, el uso del rango de Embajador debe considerarse “debidamente apropiado” cuando esté sustentado en normas convencionales y legislaciones nacionales al respecto, y de acuerdo a los usos establecidos en el Derecho internacional y en el Derecho diplomático.

El “título” de Embajador, en términos estrictos, estaría técnicamente reservado para la diplomacia bilateral, en la que le corresponde al titular de las embajadas, Embajador Extraordinario y Plenipotenciario. Cabe recordar que en la diplomacia pontificia, “Nuncio Apostólico de Su Santidad” es el título equivalente al de Embajador.

Al respecto merece resaltarse, que a partir de la consolidación de la diplomacia multilateral, a mediados del siglo pasado, los “representantes permanentes” titulares de las misiones permanentes que se “destinan” a los organismos internacionales, habitualmente son acreditados con el título de Embajador, que en el caso de la ONU se designan como “Embajador Extraordinario y Plenipotenciario Representante Permanente”.

Institucionalmente el término Embajador es usado con la debida propiedad para referirse al rango más alto que establece la carrera diplomática. Es decir, al funcionario que ha alcanzado la máxima categoría en el escalafón de aquélla, que puede hallarse, o no, al frente de una misión diplomática o también puede ocupar una posición en el Ministerio de Relaciones Exteriores con responsabilidades de su categoría. Atendiendo a lo precedentemente señalado, a este funcionario suele calificársele de “Embajador de grado”.

Actualmente determinados países acostumbran a conceder “transitoriamente” el título de Embajador a funcionarios de su carrera diplomática que aún no han alcanzado el rango de “Embajador de grado”, sino otro inmediatamente inferior (normalmente ministro plenipotenciario) al ser destinados como jefe de misión diplomática, en ciertos países.

De igual modo “puede designarse” como jefe de misión a personas que no pertenecen a la carrera diplomática. A estos últimos ciertos autores los denominan “Embajadores políticos”. Para tales designaciones determinadas legislaciones internas establecen cuotas para su regulación. Generalmente, esta designación recae, ya sea en una “personalidad” cercana al gobierno de turno, o bien, pudiera ser una persona cuyos reconocidos méritos (profesionales, intelectuales o de otra índole) justifiquen esta decisión (O. Vizcarra). A estas misiones para su adecuado desempeño, se les dota de funcionarios de carrera con capacidad de dar el debido soporte a la gestión de dichos Embajadores.

Si bien en sus orígenes, tal como se había consignado precedentemente, el jefe de misión era considerado “el Embajador de Su Majestad”, en la actualidad, con la evolución del concepto de Estado, constata De Icaza: “Es perfectamente aceptado que un Embajador no representa solo a su Jefe de Estado o a su gobierno, sino a la totalidad de su nación y actúa en nombre de ella”.

Para asegurar una efectiva labor de representación se requiere que el jefe de misión sea un eficaz negociador, un acucioso analista político y económico, un efectivo promotor comercial (que sepa canalizar la inversión extranjera hacia su país y fomentar la cooperación), y también debe tener la vocación de servicio necesaria para la protección de los nacionales en el exterior. Son indelegables responsabilidades del jefe de misión, la salvaguarda y promoción de la imagen, prestigio, cultura e intereses de su propia  nación, de la cual debe ser “un genuino representante”.

Asimismo, para poder realizar una eficiente gestión, el Embajador debe estar convenientemente informado acerca de la situación de las relaciones entre el Estado que representa y el Estado receptor (u organismo internacional), y los resultados que su Estado se propone obtener de esas relaciones en su conjunto e, igualmente, respecto a asuntos concretos. Requiriéndose “instrucciones sobre la orientación general que ha de guiar toda su actuación y sobre los mínimos irrenunciables en cada caso particular” (E. Vilariño).

Todo lo cual debe tenerse en cuenta en el enfoque de la “bien fundamentada formación” que demanda este ejercicio, por demás convenientemente “compenetrada con los intereses nacionales”, que es una esencial responsabilidad de los centros académicos correspondientes, cuyas disciplinas deben ser impartidas por docentes que cuenten con la capacidad y cualificaciones requeridas y la imprescindible experiencia práctica (de carácter profesional), en el ejercicio diplomático, que demandan determinados contenidos, para garantizar la efectividad de tales niveles de responsabilidad, conforme a requerimientos actuales para esta fundamental función.

 

El autor es embajador de carrera y consultor internacional

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